El debate demócrata del pasado miércoles fue mucho más informativo que los anteriores. Lo que aprendimos, en concreto, fue que uno de los candidatos a la presidencia, Michael Bloomberg, es un gran empresario, y que Elizabeth Warren es una fuerza con la que se debe seguir contando.

Ambas lecciones contradicen en gran medida el relato que los medios de comunicación nos han estado contando en las últimas semanas. Por una parte, ha habido unas ganas innegables por parte de algunos medios informativos y muchos analistas de elevar a Bloomberg; por otra, las quejas de los partidarios de Warren de que esta había sido «borrada» de la cobertura informativa y de los sondeos no andaban erradas.

¿Qué significa todo esto para el nombramiento del candidato? No tengo ni idea. Pero quizá el enfrentamiento Warren-Bloomberg ayude a apartar el debate del llamado «Medicare para todos» —que no va a ser aprobado, gane quien gane— para centrarlo en una cuestión en la que importa mucho qué demócrata se imponga. O sea, si vamos a hacer algo para controlar la financierización de la economía estadounidense.

Durante la generación más grande de la economía estadounidense (la era de crecimiento rápido y ampliamente compartido que siguió a la Segunda Guerra Mundial), Wall Street ocupaba una parte muy periférica del cuadro. Cuando los ciudadanos pensaban en líderes empresariales, imaginaban directivos de empresas que verdaderamente hacían cosas, no personas que se enriquecían a base de trapicheos.

Pero todo eso cambió en la década de 1980, en gran medida gracias a la liberalización financiera. De repente, el dinero a lo grande procedía de comprar y vender empresas, no de dirigirlas.

En muchos casos, estas operaciones financieras cargaban a las empresas con unos niveles de deuda sofocantes que a menudo acababan en quiebra y destrucción de empleo, un proceso que continúa hasta el día de hoy. También tuvo lugar una epidemia de fraude y delincuencia organizada, ejemplificada por la carrera de Michael Milken, el rey de los bonos basura al que Donald Trump acaba de perdonar. Y el sector financiero en sí duplicó su participación en la economía, lo que supuso apartar muchísimo capital y a mucha gente inteligente de las actividades productivas.

Porque no hay pruebas de que la megaexpansión de Wall Street hiciera más eficiente al resto de la economía. Por el contrario, el aumento de las rentas de los hogares se ralentizó a medida que crecían las finanzas, aunque unos cuantos se hicieron inmensamente ricos. Y el crecimiento desbocado del sector financiero sentó las bases para la peor crisis económica desde la Gran Depresión.

También convirtió a Michael Bloomberg en multimillonario. No estaba siendo sarcástico cuando decía que Bloomberg es un gran hombre de negocios. Lo es. Y en su favor hay que decir que no se ha dedicado, que yo sepa, a los chanchullos financieros destructivos. Se enriqueció, en cambio, vendiendo equipamiento a los chanchulleros destructivos.

Para los que no sepan de qué hablo, me refiero al famoso Terminal Bloomberg, un sistema informático patentado que da a los suscriptores acceso en tiempo real a grandes cantidades de datos financieros. Este acceso es increíblemente caro: una suscripción ronda los 24.000 dólares anuales. Pero es algo imprescindible para el sector financiero, porque los agentes que disponen de terminales Bloomberg pueden reaccionar a los acontecimientos del mercado unos minutos más rápido que los que no las tienen.

Es un negocio extremadamente rentable. ¿Pero es bueno para la economía? No.

A fin de cuentas, ¿el obtener la información financiera unos minutos antes mejora en algo las decisiones empresariales del mundo real que afectan a los puestos de trabajo y a la productividad? Ciertamente no. De hecho, Bloomberg ha obtenido sus miles de millones de dólares gracias a una carrera de armamentos financiera que cuesta enormes cantidades de dinero, pero deja a todos prácticamente en el mismo sitio.

Lo que me lleva a Elizabeth Warren. Warren dio un enorme traspié, reduciendo sus posibilidades para la elección, al intentar congraciarse con los seguidores de Bernie Sanders. Respaldó propuestas para una reforma radical de la atención sanitaria que prácticamente no tiene probabilidades de hacerse realidad, y se le recriminó el pago de esas propuestas, a pesar de que Sanders tampoco ha dado muchas claves respecto a sus propios planes.

Pero antes de todo eso, Warren se había labrado un nombre en la cruzada contra el fraude y el exceso del sector financiero. Y no era mera palabrería. Un elemento clave de las reformas instituidas tras la crisis financiera de 2008, la creación de la Oficina de Protección Financiera de los Consumidores, fue idea de Warren. Es más, la oficina tuvo a todas luces un éxito enorme, y ha ahorrado miles de millones de dólares a las familias de a pie, hasta que el Gobierno de Trump decidió destriparla.

Y aquí está la cosa: la reforma financiera, a diferencia de la sanitaria, es un ámbito en el que podría suponer una gran diferencia qué demócrata alcanza la presidencia. Es cierto que otros candidatos —¡Bloomberg incluido!— han respaldado reformas del estilo de las propuestas por Warren. Pero es justo preguntar, creo yo, el empeño que pondrían en la práctica, y también si malgastarían su capital político en luchas imposibles de ganar, que es lo que a mí más me preocupa de Sanders.

Una vez más, aparte del claro daño a Bloomberg, no tengo ni idea de cómo influirá el debate del pasado miércoles en la carrera demócrata, si es que influye. Pero tal vez haya ayudado a recordarles a los demócratas que la corrupción, el fraude y los excesos de Wall Street en concreto pueden ser temas políticos potentes, en especial contra un presidente que es personalmente corrupto y muy claramente amigo de los estafadores.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía.© The New York Times, 2020. Traducción de News Clips

Fuente: El País