La Unión Soviética construyó el oleoducto Druzhba (Amistad) en la década de 1960 para transportar petróleo a países aliados en Europa del Este. Son casi 5.000 kilómetros de conductos desde la rusa Tatarstán a Schwedt, en el noreste de Alemania, y a la croata Omishal, en el sur. Ni la primavera de Praga, de 1968, ni el colapso de la URSS en 1991 interrumpieron el flujo en esa arteria clave. Hoy, el oleoducto más largo del mundo está casi paralizado tras detectar la contaminación de millones de barriles de petróleo ruso. El crudo adulterado con cloruros orgánicos —que pueden dañar gravemente las refinerías y que a altas temperaturas generan un gas venenoso llegó a Bielorrusia, Alemania, Hungría, Polonia o República Checa. Y ha desencadenado en Rusia el segundo mayor exportador mundial— una crisis sin precedentes que acaba de cumplir un mes.

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El primer cargamento de petróleo sucio se detectó en Bielorrusia. Después, gota a gota, fueron dando la voz de alarma todos los países de Europa a los que Rusia -–principalmente la estatal Rosneft y Surgutneftegaz— vende petróleo, que se transporta por oleoducto Druzhba o desde el puerto Ust-Luga, en el Báltico. Los envíos se bloquearon el 24 de abril, con la promesa de que la situación se regularizaría pronto. No ha sido así. Transneft, el monopolio encargado de los oleoductos rusos y del transporte del crudo, y los investigadores señalan como responsable de la contaminación a una empresa de Samara (en la región del Volga), en uno de los puntos de su cadena. Creen que robaron combustible y lo sustituyeron con otro adulterado, o con el propio compuesto. Hay cuatro detenidos.

La contaminación, sin embargo, ha alcanzado tal magnitud —cinco millones de toneladas de petróleo de los Urales; unos 36,7 millones de barriles, según fuentes del sector que los expertos dudan de esa versión. Consideran que este escándalo está destapando un fraude aún más grande.

Los cloruros orgánicos se usan para estimular la extracción de petróleo en los pozos y la aceleración del flujo de crudo, pero debe limpiarse antes de enviar el combustible a los clientes. Con ciertos límites: Transneft no permite más de 10 partes por millón (ppm) de ese compuesto químico. Sin embargo, los niveles detectados han llegado a los 330 ppm. “Hubo una gran falta de control”, indica Mijaíl Krutíjin, de la consultora RusEnergy. “Teóricamente Transneft, que recibe el crudo de los productores y lo canaliza para el transporte, analizaba la presencia de ese componente en el crudo cada diez días, pero dudo que lo hiciera, lo que ha ocurrido no se produce en diez días”, afirma.

La crisis está avivando además las tensiones políticas, ya agudas, con países afectados como Polonia, que se ha visto obligada a aprovechar sus reservas de petróleo de emergencia. En Alemania, se ha cerrado la planta de Leuna. En Holanda, algunas refinerías han tenido que reducir su funcionamiento. La refinería checa Unipetrol también comenzó a extraer el segundo lote de un préstamo de emergencia de petróleo crudo de las reservas estatales.

Los envíos de crudo ruso se han reanudado a cuentagotas hacia algunos países. Pero el principal canal, que suministra a Alemania y Polonia, permanece cerrado. Y aún se están discutiendo los millonarios términos de la compensación que reclaman compradores como la francesa Total o la italiana Eni, que han suspendido los pagos a sus proveedores hasta que se acuerde una indemnización.

Ahora se debate quién y cómo se va a pagar. El foco se dirige hacia el gigante petrolero Rosneft, proveedor de muchos de los contratos y liderado por Igor Sechin, uno de los mejores amigos de Putin; y hacia Transneft, también dirigida por un amigo de Putin de su época del KGB en Berlín, Nikolai Tokarev. Dos hombres muy poderosos que, además, sienten una antipatía mutua. El Gobierno, seriamente preocupado por el caso, ya ha dejado claro que la culpa debe recaer en el responsable de los oleoductos y el transporte. “El sistema no funcionó”, concluyó Putin en una reunión con ambos responsables, en la que recalcó que el daño para Rusia “en términos materiales, económicos y de imagen” es “muy grave”. Rosneft y Transneft rechazaron comentar el caso con este diario.

Habrá consecuencias. “Se suele decir que en Rusia el gas es el poder y el petróleo es el dinero, así que el caso puede tener costes graves para la reputación de Moscú, que hasta ahora tenía una imagen de proveedor de crudo totalmente fiable”, apunta Alan Riley, experto del Institute for Statecraft.

Y esto puede afectar no solo a su sector petrolero, sino a las exportaciones energéticas rusas en general; en un momento de duras presiones de Estados Unidos para paralizar la construcción del gasoducto Nord Stream 2 en el Báltico, que transportará gas ruso hasta Europa a principios del año que viene. Además, señala Riley, se trata de ver ahora si lo ocurrido es un accidente que le puede pasar a cualquiera o es algo sistémico, lo que terminaría de echar por tierra su reputación.

Anna Bodrova, analista superior del centro Alpari, cree que tras el escándalo la supervisión de la pureza del producto en todas las etapas será más cuidadosa, y la posibilidad de un nuevo caso de contaminación es nula. “Sería razonable pagar las reclamaciones. Pero hay dudas sobre si Moscú irá por ese camino. De esto dependerán las relaciones con los proveedores en el futuro”, señala. Los compradores pueden buscar alternativas y decantarse por petróleo estadounidense o de Arabia Saudí.

Merma en la producción

El escándalo del petróleo ruso sucio se produce en un tiempo en el que el mercado no dispone de mucho crudo de una calidad como la que prometía el procedente de los Urales, señalan los expertos. El impacto de las sanciones de EE UU sobre Irán y Venezuela y la reducción de las exportaciones de los miembros de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) Rusia no lo es han reducido los envíos mundiales de crudo denso.

A eso se le suma ahora la merma en la producción rusa: del 1 al 26 de mayo cayó a 11.126 millones de barriles por día (bpd), por debajo del nivel de 11.180 millones acordado de manera global entre la OPEP y sus aliados. Los analistas señalan que lo ocurrido con el combustible adulterado puede provocar picos regionales. “Pero se corregirán a la larga, el precio principal del petróleo no se verá afectado por ello”, asegura Krutíjin.

El mayor desafío ahora es cómo manejar el petróleo contaminado. Son cantidades muy grandes. Druzhba generalmente suministra hacia Europa hasta 1,5 millones de barriles por día de la mezcla de los Urales; esto es más que la producción total de Libia, según Bloomberg. La solución para limpiarlo ahora de cloruros orgánicos es mezclar el crudo adulterado con otro limpio hasta obtener niveles aceptables. Pero eso además de lento es caro. Y durante ese tiempo el crudo adulterado debe almacenarse en algún sitio.

Alemania y Polonia no tienen espacio para ello. Y Bielorrusia tampoco. El petróleo contaminado de este último será enviado en trenes hasta el puerto ruso de Novorossiisk, en el mar Negro, donde se diluiría. Pero el proceso puede llevar varios meses. No se puede transportar más de 300.000 toneladas por mes. Y mientras tanto, el oleoducto de la Amistad sigue tratando de recuperarse de la crisis del crudo sucio.

Fuente: El País